Detrás de las dignas apariencias

Compartimos con ustedes la colaboración de nuestro blogger invitado, Manuel

Manuel Bartra Mujica es abogado laboralista, graduado con honores en la Universidad de Lima, con especialidades de post grado en gestión del talento. Además de su actividad profesional, escribe columnas de opinión respecto a sus intereses políticos y sociales.

Detrás de las dignas apariencias

Imaginemos por un momento que por fin tenemos la suerte de visitar una gran empresa que -desde que tenemos plena conciencia- sabemos que es todo un referente positivo en nuestra sociedad. Sin duda, tal empresa no solo cuenta con miles de colaboradores, sino también con tantos millones de dólares que si -realmente lo quisiera- podría terminar rápidamente con muchas hambrunas que -en pleno siglo 21- siguen matando, cada día, niños y niñas en algunos países del mundo.

Sin embargo, una vez que estamos dentro de esa gran empresa, notamos que -curiosamente- todos los puestos importantes o que tienen poder de decisión están única y exclusivamente ocupados por hombres, desde el gerente general, pasando por todos los gerentes de línea, hasta los jefes de todas las áreas e incluso cada uno de los miles de supervisores. En suma, es una empresa cuyos puestos de dirección y mandos medios recaen, sin excepción alguna, en hombres. Ante nuestra sorpresa consultamos al guía de la empresa que dirigía nuestra visita si ello era coincidencia o pura casualidad, sin embargo su respuesta fue implacable al decirnos que por política corporativa, eso era así desde la misma fundación de la empresa y, de hecho, se mantendría así por siempre jamás. No obstante, añadió que -si nos fijábamos bien- sí encontraríamos mujeres trabajando en la empresa, pero -eso sí- solo en puestos auxiliares de secretaria y de recepcionista. Lo más curioso de todo es que el guía y los demás integrantes de esa empresa no solo defendían dicha práctica, sino que se sentían orgullosos de esa política, la misma que era avalada por todos y todas. A pesar que ello sería entonces de público conocimiento, yo no entendía cómo era posible que nuestras autoridades y la sociedad en general no solo tolerarán ello, sino que a pesar de dicha discriminación sistemática de género, seguían considerándola como una organización inspiradora, digna y ejemplar.

Para total ironía, imaginémonos ahora que dicha empresa ostenta además el mandato colectivo de guiar y orientar la conciencia de la sociedad, gozando de la potestad de juzgar qué conductas son correctas y moralmente aceptadas y cuáles son -por el contrario- incorrectas y susceptible de escarmiento público.

Para nuestro triste pesar, la realidad siempre supera la ficción, de modo que el escenario imaginado no solo describe la realidad de una o muchas empresas peruanas, sino la de nuestra propia Santa Iglesia, la cual -desde hace 2 mil años- es gobernada y dirigida solo por hombres para gozo de sus miembros. Así vemos que el Papa (y todos sus antecesores), los cardenales, los obispos y todos los curas son, necesariamente y por regla absoluta del derecho canónico, hombres, mientras que las mujeres deben limitarse a solo ser monjas, las cuales nunca podrán impartir los sacramentos (dar la comunión, celebrar entierros u oficiar bodas por ejemplo), dirigir misas ni tener la chance de tomar decisiones políticas en la organización a la que pertenecen.

Misioneras de la Caridad en protesta contra la violencia de género

Misioneras de la Caridad en protesta contra la violencia de género

Cabe preguntarse entonces: ¿Acaso las mujeres, por el solo hecho de serlo, no tienen la espiritualidad ni la capacidad suficiente para tales menesteres?, ¿Es justo y necesario que por ser mujeres estén física y moralmente impedidas para si quiera tener la oportunidad de poder participar democráticamente en la conducción de la Iglesia?, ¿Es realmente creíble pensar que Jesucristo mismo -cuyo mensaje revolucionario fue siempre de amor fraternal, igualdad y generosidad hacia el prójimo- haya instaurado como supuesta ley divina y perpetua que las mujeres de su Iglesia estuvieran siempre relegadas en un segundo plano, subordinadas y sometidas al poder y a la voluntad de los hombres?. Es pues, evidentemente, la encarnación del machismo histórico, el emblema de la misoginia y el patriarcalismo brutal y fuente penosamente vigente de segregación y de violencia ideológica contra las mujeres, es decir, en contra de nuestras madres, pareja, hermanas, hijas y nietas.

La pregunta resulta obvia: ¿Hasta cuándo seguiremos contribuyendo con nuestro silencio e indiferencia en mantener esa estructura de dominación y de violación al derecho a la igualdad que tan nefasta influencia y daño produce en nuestra sociedad y tan pésimo ejemplo constituye para nuestros niños y niñas?

Paradójicamente y a pesar del deber que siento de seguir cuestionando esta injusta desigualdad al interior de nuestra propia Santa Iglesia, tengo la fe que el Papa Francisco, tan opuesto -gracias a Dios- a ciertos cardenales amigos del plagio y enemigos de los derechos humanos, pueda -si quiera- empezar a crear los cambios que permitan a la mujeres tener la oportunidad de acceder al sacerdocio -tal como ya ocurre desde hace varios años en la Iglesia Anglicana- y acabar así con más de 20 siglos de abuso y de discriminación de género.


 

Fotos: Stock / IDiva.com

2 thoughts on “Detrás de las dignas apariencias

  1. Maria dice:

    Al terminar el colegio quise ser marina mercante, en esa época no se podía. Hoy ya esa norma cambió. Si quiero ser Obispo ¿Hasta cuando tendría que esperar?

  2. Gabriella dice:

    Tengo entendido por un artículo que leí, que Papa Francisco está pensando cambiar esta costumbre. Cuándo, no lo sé. Supongo que está viendo el cómo.

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